Brave New Worldtitulo

En momentos de crisis siempre surgen respuestas críticas. Es difícil resistir la tentación de agarrarse a los orígenes, de volver la vista atrás y añorar ese mundo cómodo en el que todo estaba tan claro y todo era tan fácil. Cuando lo viejo se derrumba y lo nuevo está por nacer, los profetas berrean entre las grietas, y no son pocos los que están dispuestos a escuchar sus aullidos, admoniciones y lamentos.

La variedad de profetas y de profecías es rica, pero se puede dividir en dos campos semánticos: el de la ingenuidad y el de lo apocalíptico. Es sano y conveniente desconfiar de ambos. De los ingenuos, porque su optimismo de libro de autoayuda (que si las crisis son oportunidades y toda esa retahíla de sandeces) sólo puede estar motivado por la imbecilidad o por un interés oculto. Que el Instituto de la Felicidad de Coca-Cola (sic, sic y mil veces sic) ponga a sus bien remunerados y desvergonzados gurús a pregonar «don’t worry, be happy» rebasa lo insultante, pero quizá sea mucho peor escuchar las voces de los vendedores de humo que predican el advenimiento de una nueva era de promisión tecnológica mientras ofrecen a los parados carísimos, inútiles e insolventes másters de community management.

En el otro lado tenemos a la vieja guardia, a muchos de los que hace décadas buscaban la playa bajo los adoquines y ahora, encanecidos y obligados por sus médicos a llevar una dieta baja en sodio, se quejan de que su sociedad de autores no recauda lo bastante. Para ellos, el desastre ya ha sucedido, el mundo presente y el porvenir son eriales distópicos patrullados por moteros de Mad Max. Los bárbaros han saqueado Roma y usan los laureles del emperador como escobilla del retrete. Todo está perdido, el mundo se ha roto. Para ellos, no sólo ha quebrado el sistema cultural, sino la cultura misma. Se ha cerrado el ciclo que empezó con el descubrimiento de la escritura, volvemos a la prehistoria, al gruñido y a fornicar como animales.

La inanidad intelectual de los ingenuos cocacolistas no debería llevarnos a los brazos de los apocalípticos. No se trata de buscar el justo medio aristotélico, sino de contemplar el mundo con un poco de sentido común y no permitir que aflore el delirio, ni en un sentido ni en el otro.
Mario Vargas Llosa es la última voz que, en el ámbito hispánico, se ha unido al corifeo de profetas apocalípticos. Lo ha hecho con un libro, La civilización del espectáculo, que parafrasea el título de un ensayo de Guy Debord, La sociedad del espectáculo, de tono y planteamientos similares. En el otro momento de crisis europea, el del periodo de entreguerras, también resonaron discursos que anunciaban el fin del mundo y de la cultura occidentales. Entre los más famosos, La decadencia de Occidente, de Spengler, o La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset. Contra sus vaticinios, la cultura siguió existiendo: los escritores siguieron escribiendo obras maestras; los músicos, composiciones magníficas, y los cineastas, soberbias películas.

Tanto los de entonces como los de ahora coinciden en sus bases conservadoras y en su estructura bíblica: el problema fundamental, para todos estos pensadores, es que la cultura occidental se ha corrompido. Por diferentes cuestiones y factores, pero el axioma compartido es que hubo una edad dorada que se echó a perder. Como la Babilonia bíblica, que tuvo que ser castigada por Yahvé porque su propia soberbia les había corrompido y alejado de su estado natural de adoración y sumisión a lo divino. El fuego de dios purifica, y la catástrofe que describen estos autores se parece demasiado a un castigo celestial.

Estas construcciones intelectuales, de apariencia sólida, se derrumban fácilmente en cuanto se examina el axioma sobre el que se cimentan: ¿cuándo sucedió esa edad de oro? ¿Qué momento de la historia fue ese en el que la cultura crecía en los árboles, los fontaneros recitaban a Shakespeare y los jóvenes debatían sobre poesía petrarquista en vez de emborracharse? ¿Qué episodio histórico añoran, a qué Arcadia aspiran a volver?

Vargas Llosa dice en este libro que ha renunciado a la noción de progreso, que la historia no siempre avanza y que la siguiente generación no siempre vive mejor que la anterior. Bien, la idea de la historia lineal y progresiva ya había sido despachada hace mucho tiempo de la historiografía seria, que prefiere manejar categorías mucho más complejas. De hecho, desde que Hegel formuló su filosofía de la historia, y desde que Marx la tuneó para formularla en clave materialista, no ha habido un nuevo modelo que permita comprender el sentido de la historia universal. El mismo empeño en buscar un sentido general es decimonónico y ya era una fantasía caduca cuando Vargas Llosa empezó el cole. Esto no quiere decir, sin embargo, que las sociedades no evolucionen y que el esfuerzo de unas generaciones no revierta en beneficio de las siguientes, que es lo que básicamente, niegan todos los apocalípticos.

Vargas Llosa viene a decir que la cultura, tal y como la entendemos, ha muerto: que van a desaparecer la literatura, la música, el cine y el periodismo. Que ni siquiera el sexo es lo que era, que la liberación que encarnó su generación ha demolido el erotismo como misterio y que ahora nos apareamos, en vez de hacer el amor. Hubo un tiempo en el que la literatura era literatura, la música era música, el cine era cine, y el periodismo era periodismo. Ahora, todo es frivolidad, ya nada es consistente, todo es de usar y tirar, nada trasciende, nadie busca el sentido de la vida, nos contentamos con unas breves pinceladas y a otra cosa, mariposa.

Ah, esta juventud, viene a decir, nosotros sí que teníamos inquietudes, sí que éramos serios, sí que nos interesábamos por las cosas trascendentes y hacíamos el amor como corresponde.
Cuando alguien descifre el verdadero significado de las pinturas rupestres de la Cueva de Lascaux, descubrirá que lo que decían era: «Estos jóvenes ya no cazan como antes, nosotros sí que sabíamos cazar bien, y hacíamos unas hachas de sílex de verdad, no como las de ahora, que se rompen a la mínima, y madrugábamos mucho y nos esforzábamos y gruñíamos en verso, no como ahora, que gruñen en prosa». Desde que los humanos aprendieron a comunicarse, siempre ha habido un anciano lamentándose de que los jóvenes han destruido su mundo.

Y tienen razón: la única razón de ser de un joven es destruir el mundo de los mayores. Para eso se es joven.

Sorprende que Vargas Llosa plantee un discurso tan carpetovetónico cuando él mismo fue un joven sumamente destructor. Como abanderado y primera espada de la generación del boom latinoamericano, no sólo contribuyó a dinamitar el viejo canon de la literatura en español, sino que protagonizó, junto a su agente, Carmen Balcells, y su editor, Carlos Barral, la mayor revolución del mundo editorial hispano desde la invención de la imprenta. Entre sus amigos y él pusieron patas arriba el sistema cultural de sus padres, convirtieron en mentiras todas sus verdades y pusieron las bases de la industria cultural que ahora se resquebraja. Por eso, él menos que nadie, no debería confundir la parte con el todo: lo que se hunde no es el mundo, sino el tinglado que él ayudó a construir y sobre el que ha reinado durante décadas. No es honesto intelectualmente confundir la propia muerte con la muerte de todo el mundo. Un moribundo, generalmente, sabe que los demás no se mueren con él.

Se hunde la industria cultural, pero no la cultura. Se muere una forma de comercializar las narraciones, las canciones y las representaciones, pero no se mueren las narraciones, las canciones ni las representaciones. Lev Tolstoi, en un librito muy cuestionable titulado ¿Qué es el arte?, argumentaba que la cultura verdadera (sic) no podía brotar ni crecer en un sistema mercantilista, que el artista no podía ser un profesional si quería ser un verdadero artista. Tolstoi quería una cultura amateur y universal, y aunque su deseo no tiene por qué ser compartido por los jóvenes de hoy, sus ideas son mucho más interesantes y audaces que los gruñidos apocalípticos de Vargas Llosa y amigos.

En momentos de cambio, es casi imposible vaticinar el futuro, pero agarrarse a una inexistente era dorada no sólo es estéril, sino casi patético. Afirmar que los jóvenes de hoy son más incultos que los de hace cincuenta o cien años no resiste el vistazo a una tabla estadística que muestre la evolución de los índices de alfabetización o el incremento de titulados universitarios. Sólo desde una torre de marfil muy opaca puede afirmarse que la Europa de hoy es más inculta que la de ayer.

El único cambio significativo y constatable en términos culturales es el fin de la hegemonía de las élites. Tras décadas de aplicación del Estado social, varias generaciones de clases populares han irrumpido por méritos intelectuales a un templo custodiado hasta hace muy poco por una casta casi nobiliaria. Los mecanismos de cooptación para acceder al Parnaso se han roto, y ese Parnaso está lleno ahora de gente con barba, desaliñada, con zapatillas deportivas y camisas por fuera. Y esto es así gracias a la conjunción de ese Estado social con la revolución tecnológica, que ha permitido la eclosión de voces y caras impensables en el anterior sistema.

A las élites les parecía bien que la cultura llegara a todo el mundo. De hecho, el secreto del éxito de Vargas Llosa y Carmen Balcells fue saber explotar el potencial comercial que tenían las generaciones que terminaban el instituto y la universidad: un mercado de lectores impensable antes. El éxito de Cien años de soledad sólo fue posible en una sociedad donde el bachillerato fuera un título común y no un privilegio de minorías. Pero no contaban con que esas masas podían no conformarse con ser clientes de sus productos, que quizá ellos también podían decir algo, convertirse en sujetos activos. Ese es el cambio que no han entendido y que no van a entender: que han perdido el monopolio, que ya no son sólo ellos quienes deciden, que tienen que compartir el ágora con muchas voces cuyo griterío les ensordece.

Por suerte para ellos, no tienen que adaptarse. Somos nosotros, las masas que berreamos, quienes hemos de aprender a vivir en el nuevo mundo. Ellos pueden pasar el resto del tiempo que les queda gruñendo y maldiciendo el brave new world, como un Huxley resentido y amargado.

Queríamos acabar con las élites, que nos repugnaban moralmente por el retintín privilegiado, despectivo y discriminatorio con que su solo nombre resonaba ante nuestros ideales igualitaristas y, a lo largo del tiempo, desde distintas trincheras, fuimos impugnando y deshaciendo a ese cuerpo exclusivo de pedantes que se creían superiores y se jactaban de monopolizar el saber, los valores morales, la elegancia espiritual y el buen gusto. Pero hemos conseguido una victoria pírrica, un remedio peor que la enfermedad: vivir en la confusión de un mundo en el que, paradójicamente, como ya no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es.

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Sergio del Molino es escritor y periodista. Su última novela se titula No habrá más enemigo (Tropo Editores), y ha cultivado también el relato breve y el ensayo periodístico. Ha ejercido el periodismo como reportero en prensa escrita y ahora es colaborador freelance en varios medios, como Heraldo de Aragón o la televisión autonómica Aragón TV.

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Tomás Serrano nació en León, y es arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid. Su gran afición (y, a veces, ocupación) es el dibujo, especialmente desde el punto de vista humorístico. Ha publicado en periódicos locales y en 1995 obtuvo el Premio Mingote, lo que le permitió ser colaborador habitual del espacio de humor del extinto Blanco y Negro en sus últimos meses. En 2011 fue uno de los premiados en el World Press Cartoon, en el apartado de humor. Vive en Salamanca y no tiene perro. Gato, tampoco. Tortuga, sí.