
Con el tiempo, Disney se ha convertido en algo más que un apellido. No es solo el nombre del productor de animación más importante de todos los tiempos, sino que ha dado nombre a una compañía cuyas ramificaciones se extienden hasta extremos insospechados. Sin embargo, el nombre siempre será identificado en primer lugar con la casa matriz, la animación, y en concreto, con los autodenominados Clásicos Disney en los que confluyen los cuentos de hadas, las princesas y el musical. En la actualidad, es fácil lanzar miradas severas hacia estos largometrajes y mostrarse descreído y crítico con ellos. Todos hemos crecido, en mayor o en menor medida, con la influencia de Disney, y en cambio hemos preferido el cinismo y el desprecio en un gesto que pretende distanciarnos de lo que supuestamente representa Disney hoy en día: conservadurismo, machismo, falta de riesgo, corporativismo… una cierta idea de homogeneidad impuesta por los WASP y con actitudes presuntamente imperialistas. Disney ha pasado, en realidad, a simbolizar el mal.
Es por ello por lo que resulta difícil abordar hoy en día algunos de esos Clásicos Disney tratando de evitar la nostalgia, las falacias intencionales o un sobreanálisis etnocentrista. Tomemos por ejemplo la marca Princesas Disney. Sí, sí, han leído bien, «marca». El concepto que tenemos de Princesas Disney es muy reciente: en 1999, Andy Mooney, responsable de marketing de la casa del ratón y ex-ejecutivo de Nike, idea esta marca como promoción de cara al público infantil femenino. Las Princesas Disney comprendían entonces a Blancanieves (de Blancanieves y los siete enanitos, 1937), Cenicienta (Ídem, 1950), Aurora (de La bella durmiente, 1959), Ariel (de La sirenita, 1989), Bella (de La Bella y la Bestia, 1991) y Jasmine (de Aladdín, 1992). Pronto se les unieron Pocahontas (Ídem, 1995), Mulan (Ídem, 1998), Tiana (Tiana y el sapo, 2009) y Rapunzel (Enredados, 2010). Aquí ya nace la primera suspicacia, donde vemos que las primeras películas solo incluyen un ejemplo no caucásico y, sin embargo, los posteriores ejemplos amplían a minorías indoamericanas, chinas y afroamericanas. También resultan curiosas las exclusiones de la princesa Eilonwy de Tarón y el caldero mágico (1985) y la princesa Kida de Atlantis: el imperio perdido (2001) pese a su bien visible cargo, mientras que la condición de Mulan en la China imperial difícilmente podría corresponderse con el de princesa.
Del mismo modo que el ascenso de la marca recuperó las arcas de marketing de Disney, también trajo consigo una polémica ciertamente interesante: ¿hasta que punto están vigentes modelos que datan de hace más de medio siglo? Se puede abordar exclusivamente desde una perspectiva feminista, en la que entendemos que la servil y pasiva Cenicienta11. «What’s wrong with Cinderella?», por Peggy Orenstein. no es precisamente un modelo de heroína ajustado a una sociedad donde el público infantil responde más positivamente ante Los juegos del hambre (2012). Se ha hablado largo y tendido sobre como los personajes femeninos en Disney no pueden ni deben ajustarse a nuestra sociedad actual, y la propia Disney ha tratado, en consecuencia, de rectificar desde Mulan hasta Enredados; a veces tropezando por el camino, como el caso de Tiana y el sapo, donde primero se deja claro que su protagonista no busca el amor si no ganarse la vida honradamente con su trabajo y no tener que pedirle nada a nadie, hasta que al final consigue el restaurante con el que soñaba… gracias a que se casa con un príncipe22. «Disney Princesses and Feminism: a brief (and biased) history».. Auch.
Pero de lo que realmente quiero hablar hoy es del que, probablemente, sea mi Clásico Disney favorito y un eje importante de las Princesas Disney: La bella durmiente. Sobre todo por como estos análisis han acabado por ejercer de palimpsesto en la memoria colectiva y los argumentos en contra de otros largometrajes de Disney han acabado por contagiar a películas que no comparten las mismas condiciones. Para empezar: La bella durmiente es una gran película. Es increíble que se tenga que aclarar, pero estamos hablando de una obra de una belleza inusual, que parte del cuento de Perrault y la música de ballet de Tchaikovsky, con un diseño coordinado por el talentoso Eyvind Earle33. Earle sustituyó al artista danés Kay Nielsen, cuyos diseños conceptuales originales pueden verse aquí. y que resulta ser el primer film que Disney rodaba en 70mm, y que por entonces fue su película más cara. La bella durmiente, además, reúne todos los condicionantes básicos de un cuento clásico y de lo que inconscientemente entendemos por Clásicos Disney, esto es: una protagonista femenina pasiva, una ambientación centroeuropea, números musicales pegadizos, tono amable, villana memorable y final de cuento de hadas… en este caso, literalmente. La bella durmiente fue, también, un punto de giro en la actitud de Disney, que veía como el proceso de animación se alargó durante 10 años y no podía afrontar los costes, planteándose la renuncia de la animación en favor de películas de imagen real.
Sin embargo, no conviene menospreciar el contenido de La bella durmiente de buenas a primeras. Hay cierto tono despectivo cuando se habla de los cuentos de hadas como si estos fuesen menos meritorios o ingeniosos. La bella durmiente elabora, con extrema sencillez (que no simpleza) una historia con elementos tan clásicos que casi podemos considerarla la película canon de los cuentos de hadas: la princesa en peligro, las hadas madrinas, un príncipe caballeresco al rescate, una espada mágica, un castillo encantado, un dragón.

Tras abrir con un plano de un libro abierto que remite a Las zapatillas rojas (1948), uno de los primeros detalles que nos sorprenden de la película es que Aurora, la bella del título, no es realmente la protagonista sino un mcguffin. Aurora es la muchacha que tienen que proteger tres encantadoras hadas en un conflicto con la bruja Maléfica que, como bien se nos indica en la primera secuencia de la película, se remonta a mucho antes del nacimiento de la princesa. Estas hadas son el verdadero motor y corazón de la película, no solo protegiendo a la princesa Aurora sino rescatando y apoyando en la batalla al príncipe Phillip de manera activa. Estos personajes pueden ser rastreados con anterioridad en una larga lista de «auxiliares mágicos»44. Morfología del cuento de Vladimir Propp., pero por citar dos similitudes de especial parecido tenemos la Saga de las Brujas de Terry Pratchett, que arrancó con la novela Brujerías en 1992, donde se recuperaba a la bruja Yaya Ceravieja de su anterior novela, Ritos iguales, publicada en 1987, y otra producción Disney: El retorno de las brujas (Kenny Ortega, 1993). Con estos personajes nos deshacemos de la habitual crítica de «protagonista pasiva», pues las protagonistas son tres hadas ancianas y su papel no puede ser más activo.
Lo cierto es que entramos en un terreno pantanoso porque, si bien hacer protagonistas a las hadas evita que el personaje de Aurora nos resulte tan incómodo como los de Blancanieves o Cenicienta, no exime de otras cuestiones que resultan tanto o más peliagudas: ¿Porqué las hadas eligen regalarle al bebé Aurora la belleza y el canto y no la inteligencia o la ecuanimidad que le harán más falta para gobernar? ¿Que ocurre con la madre de Aurora, la reina? Ni tan siquiera tiene un nombre en la película, y apenas dos frases. Podría argumentarse que, como insisten en repetir en la película, nos encontramos en la Europa del siglo XIV y ciertos comportamientos son comprensibles dentro de ese contexto; pero este argumento se cae cuando aceptamos que La bella durmiente no transcurre exactamente en una Edad Media histórica, sino en un universo de fantasía que, por tanto, no requiere asumir un estado patriarcal. Pero por otro lado, algunas de las acusaciones de machismo contra la película resultan bastante innecesarias; se ha criticado, por ejemplo —y queda patente en un chiste de Encantada (2007)— la facilidad con la que Aurora y Phillip caen enamorados. Aquí no se trata tanto de la actitud sumisa de ella —se trata, recordemos, del primer hombre que ve en su vida— como de asumir un dato tan sencillo como que Aurora tiene 16 años. Y, por supuesto, que una adolescente se enamore perdidamente de alguien que no conoce es totalmente irreal, ¿verdad?
Al margen de discusiones de género, la relevancia de La bella durmiente es incontestable. Disney ya ha tratado de redimirse y su último Clásico Disney hasta la fecha, Enredados, guarda no pocas similitudes con el film que nos ocupa, pero también grandes diferencias. En ambas historias tenemos a una princesa que es criada sin conocer su noble origen, recluida contra su voluntad y sin poder ver a nadie; ambas protagonistas se caracterizan por su carácter alegre, su melena rubia y caminar descalzo; ambas son rescatadas de una torre por el «príncipe» de su historia que se enfrenta a la villana de turno. Podría parecer circunstancial, pero si nos vamos a la concreto, la influencia es notable. En La bella durmiente vemos por primera vez al ya adulto príncipe Phillip a lomos de su caballo Sansón, un diseño copiado de las ilustraciones de Ronald Searle; en Enredados, bajo el mismo diseño, encontramos también al caballo Maximus, cuya actitud persecutoria supone una clara vuelta de tuerca a la camaradería de Sansón. Pero cuando tratamos las diferencias, vemos la evolución en este medio siglo de distancia: Rapunzel juega un papel muy activo y fuerte hasta el punto de que es ella quién se declara a Flynn tras años de relación, y le salva la vida varias veces.

Los dos problemas a la hora de hacer esa comparativa y tratar sobre como Disney pretende aproximarse a las heroínas feministas55. «With Tangled, Disney gets closer to embracing feminism», por Allendra Letsome. son intrínsecos a la dificultad de afrontar la lectura feminista de la ficción en sí: uno de los principales motivos que se esgrimen contra los personajes femeninos de Disney no es solo su dependencia de los hombres (escandalosamente presente), sino que entre sus deseos se cuenten la idea de un romance, como si se tratase de identificar a la mujer enamorada o con deseos de estarlo con una actitud sumisa ante el hombre; el otro problema es más general, y supone esa obligación moral de exigir responsabilidades a la ficción, con esa idea de que un personaje no es solo un personaje, sino un arquetipo, y por tanto, debe obedecer a «educar» a la sociedad; un personaje femenino sumiso pasa, de repente, a representar negativamente a todas las mujeres. Es profundamente necesario que la mujer deje de estar representada en inferioridad en la ficción y mantener una serie de modelos positivos, pero hay que tener sumo cuidado con las sobreinterpretaciones u otros deslices que acaban siendo vistos como ataques injustificados.
Cuando aplicamos todo esto a la casa del ratón empezamos a entender muchas cosas. Con el ejemplo del diseño de Searle reciclado tanto en La bella durmiente como en Enredados tenemos una buen muestra de lo que ocurre con Disney: es una compañía demasiado centrada en si misma, condenada a repetir diseños y conceptos de su pasado aún cuando la sociedad avanza inexorablemente. Cuando el animador John Kricfalusi66. Los criterios sobre qué es un buen diseño o buena animación de Kricfalusi son… un tanto especiales, pero dentro de su apasionamiento tiene un ojo especialmente afortunado para encontrar los defectos y las reiteraciones que abundan en la animación más popular. Aquí un buen ejemplo de sus críticas al estilo CalArts., entre otros7, carga contra Disney y Dreamworks, está cargando contra CalArts y los modelos de aprendizaje de los animadores norteamericanos actuales, que buscan replicar los diseños de los primeros Clásicos Disney ad eternum. No hay más que darse un paseo por la web Deviantart para comprobar la enorme cantidad de imitadores de estos diseños que podemos encontrar. Este sentimiento de nostalgia ya venía descrito por Richard Williams en su «Guía de supervivencia del animador», donde explicaba como aprendió a animar a base de hablar con legendarios animadores de Disney y «calcar» su estilo: la diferencia, lo que hizo a Williams7. Es imposible no reseñar que, aunque no oscurezcan los méritos de Disney, su popularidad eclipsó otros estilos y talentos hasta el punto de crear esa uniformidad que denuncia Kricfalusi. Se ha teorizado al respecto que incluso el desprecio crítico actual a la animación, y su consideración de arte menor e infantil frente al cine de imagen real, viene derivada de esta hegemonía. uno de los grandes nombres de la animación, es que supo sobreponerse a sus antecesores y maestros y adquirir un talento y un estilo propio. Mientras Disney no deja de mirarse el ombligo, preocupada por si estará a la altura, el público también ha rechazado varias veces propuestas que se salían de aquello que consideraban que pertenecía a Disney.
Finalmente, podemos constatar que Disney también ha sucumbido al cinismo actual. La campaña de promoción de Enredados ya pretendía repetir el tono contestatario y deconstructivo de la saga Shrek y otras producciones Dreamworks, que utilizaban los Clásicos Disney como objeto de burla88. «Dreamworks vs. Disney: Rise of the Eyebrown», por Lindsay Ellis., y Encantada (2007) hacía de su condición de autoparodia todo un alarde. Esto no es, por supuesto, algo malo per se, pero sí supone una de las claves para entender los problemas que surgen al analizar un gigante como Disney: la casa del ratón es incapaz de dejar a un lado su pesado legado, y nosotros también. Y de ahí nacen los prejuicios, los ataques, las críticas y nuestra incapacidad para medirnos con tamaño gigante. Estamos simplemente a su sombra y nos retorcemos intentando evadirla e infravalorarla. Es cierto que Disney acarreará siempre muchos e indiscutibles puntos negros, algunos de ellos ciertamente imposibles de eludir, pero que esto no nos impida ver que, por encima de todo, hicieron algunas cuantas obras maestras.

