Vergüenza y Carne: Shame y Dans ma peautitulo

Lamento empezar citando a Marcuse, filósofo del que casi nadie se acuerda pero que supo como nadie diagnosticar los efectos de la civilización moderna en nuestra relación con nosotros mismos y los demás. El viejo alemán venía a decir, hablo de memoria, que no hay comparación entre tener sexo con tu amante bajo un árbol a las afueras de una aldea en el siglo XIII, que dentro de un coche aparcado en un callejón del Bronx en el siglo XX. Las diferencias son claras. En otras palabras, que el capitalismo posindustrial inevitablemente afecta a cómo tratamos, lidiamos y damos rienda suelta a nuestras pulsiones, en especial la sexual. Marcuse, que ni podía ni quería ocultar su adoración por Freud, redundaba así en las imágenes del maestro vienés cuando este afirmaba, en El malestar en la cultura creo, que la civilización se ha construido sobre la represión de nuestra búsqueda ciega del placer. Y es que aunque gracias a esa contención de nuestras energías primarias podemos comer caliente y hemos inventado el microondas, la fregona y el velcro, también nos hemos hecho irremediablemente infelices.

La genitalización del sexo sería uno de los primeros y más evidentes síntomas de esa presión que ejerce sobre nosotros la civilización moderna. Por genitalización, discúlpenme el exabrupto, se entiende la concentración del interés sexual por la zona comprendida entre el ombligo y el ano (este incluido) y la reducción de la toda actividad sexual a su excitación y a la posterior descarga de la tensión allí acumulada. Y es que imaginen si no fuera así. Imaginen que, como le pasaba al personaje de Charlize Theron en Celebrity (Woody Allen, 1998), nuestro cuerpo fuera tan sensible, fuera tan cargable de energía sexual que pudiéramos tener un orgasmo con que solo nos tocaran un codo o una rodilla. La productividad, la eficiencia, nuestra capacidad productiva en tareas cotidianas o trabajos sencillos se vería severamente coartada si nuestro cuerpo entero fuera tan sensible como nuestras gónadas o si nuestra mente se cargara con fantasías y excitación con la facilidad con la que arde el papel de arroz. La reducción de las zonas erógenas a la genitalia es condición necesaria para tener un saludable Producto Interior Bruto. Porque solo si liberamos las manos y la mente, si las desactivamos como polos de acumulación sexual, podremos usarlas como herramientas laborales, y convertirnos en excelentes trabajadores y ciudadanos ejemplares. La desexualización es pues condición necesaria para el progreso.

Simultáneamente comprobamos que llevamos años inmersos en un proceso de desatada hipersexualización (otro exabrupto, perdonen). Nunca antes fue tan fácil ni tan sencillo ni tan barato acceder a tan enormes cantidades de pornografía de la más variada catadura. Pornografía que se puede consumir con la urgencia de unas french fries o con cierta degustación, pues la variedad al alcance de un click permite visitar tanto las variaciones de lo aceptable como las parafilias más recónditas. Es este un proceso que surge del desarrollo de los métodos anticonceptivos a principios de los 60 y que se refuerza cuando a finales de esa década se institucionaliza la idea de que la satisfacción de los apetitos es el camino hacia la autorrealización. La publicidad ha sacado también tajada de ello y redobla sus alusiones a lo sexual, prometiendo que la compra de objetos nos traerá éxitos y proezas, lubricación y penetraciones, atracción y deseo. Todo por un módico precio.

La pregunta entonces es cómo pueden convivir estas dos fuerzas opuestas, la desexualización, necesaria para ser productivos, para ser miembros respetables de nuestra comunidad, y la hipersexualización de los objetos, de uno mismo y del Otro, que se nos presenta como camino para poder ser nosotros mismos. La respuesta corta a esta pregunta es que estas dos fuerzas suelen convivir mal. Muy mal. Pero una respuesta más elaborada la podemos encontrar mirando con detenimiento dos films tan diferentes y a la vez tan parecidos como son Shame (Steve McQueen, 2011) y Dans ma peau (Marina de Van, 2002).

Shame, como quizá ya saben, narra la historia de un ejecutivo de publicidad que es adicto al sexo y que, tras la llegada de su hermana para pasar una temporada en su casa, ve como el frágil equilibrio de secretos y mentiras en los que ha sustentado su vida va desmoronándose, despertando el fantasma de una infancia infeliz, probablemente plagada de abusos e incesto. Por otro lado, la más desconocida (fuera del circuito de connaisseurs) Dans ma peau se centra en Esther, otra ejecutiva que descubre por accidente el placer de la automutilación. Lo que comienza como una investigación de los límites del dolor, cuchillos y cristales mediante, pasa a convertirse en una adicción y termina en una obsesión por el autocanibalismo.

Lo que me interesa de estos dos films como ilustración de los párrafos anteriores es que ambos se centran en dos personajes que supuestamente representan la cúspide de la pirámide social, éxito y dinero, pero que sufren vergüenza y oprobio por las demandas que les hace su carne palpitante y rebelde, carne que se empeña en reclamar una satisfacción por encima de las convenciones. Brandon, el protagonista de Shame, frecuenta prostitutas y páginas de porno de las más variadas texturas. Practica el sexo casual, y busca gacelas que devorar, personas que consumir, como lo hacían los vampiros metafóricos (o no) de Trouble Every Day (Claire Denis, 2001), obra con la que tanto Shame como Dans ma peau guardan cierto parentesco. El porte de Michael Fassbender presta a este cazador sexual un pathos a medio camino entre lo leonino y lo reptiliano. Brandon es un sepulcro blanqueado no muy lejano de ese otro ejecutivo de altos vuelos, el Patrick Bateman de American Psycho (Bret Easton Ellis, 1991), que también buscaba víctimas, que tampoco podía detenerse a sí mismo, y que guardaba cabezas cortadas en el congelador como Brandon esconde porno en el ordenador de su despacho. Brandon y Bateman han de compatibilizar una existencia sin mácula con un secreto arrinconado. Una apariencia de normalidad con un interior pavoroso. Pero ellos no son como nosotros. No arrinconan sus pulsiones en el rutinario polvo del sábado noche o en la paja en el baño de la oficina como hacía Edward Norton en El club de la lucha (David Fincher, 1999). Brandon vive en una permanente tragedia, lleva su adicción con oprobio, como una servidumbre, como una carga. Por eso cuando su hermana le pide que confiese, que se sincere, que conecten, él se niega. Su búsqueda es como la de Bateman, la búsqueda por sentir algo. Por empujar los límites de lo humano hasta conmoverse o disgustarse, sentir pasión o asco. Lo que sea. Los interminables soliloquios de Bateman sobre Phil Collins o Whitney Houston (otra adicta) en la novela de Ellis se convierten en Shame en visitas al gimnasio, horas de jogging o frapuccinos que permiten entrever una nada.

Nada es lo que dice haber sentido Esther cuando por accidente se corta con unos cristales rotos al salir de una fiesta. Esa extrañeza por su propia insensibilidad será la que la empujará a indagar sobre sí misma mutilando su cuerpo. El descubrimiento de las flores de carne abierta le proporciona una nueva fuente de energía. Una mañana, aburrida en mitad de la escritura de un tedioso informe, Esther se escabulle al cuarto de la calefacción y allí se corta con ayuda de unas tenazas. Se siente aliviada y vuelve feliz a su puesto. Esa descarga le permite recuperar la confianza. Su ascenso en la empresa se irá haciendo paralelo a la profundidad de sus cortes. En ese punto Esther se emparenta con La Pianista (Michael Haneke, 2001), pero donde Isabelle Huppert mutilaba su genitalia precisamente para reprimir sus pulsiones y la llamada de la carne, Marina de Van, que además de dirigir Dans ma peau también interpreta a Esther, se libera cortándose en brazos y piernas, se faja de las ataduras del mundo adentrándose en su propia piel. Al contrario que Brandon, Esther intentará hacer partícipes de su proceso a su mejor amiga y a su pareja, pero solo encontrará en ellos reproches, vergüenza e incomprensión, hasta que alcanza a ver la insatisfacción que siente con ambos, novio y trabajo, a los que irá apartando con mentiras cada vez mayores.

Para retratar estos procesos de adicción, McQueen y De Van eligen acercarse a la carne de formas distintas. Uno opta por hacerla genérica, indistinguible, usando planos primerísimos, superficies de piel, pechos, abdómenes, que se confunden y se mezclan, como sucede en la magistral escena de la orgía que antecede al prólogo de la película y en el que los encuadres y la iluminación deforman los cuerpos hasta convertirlos en obras de Francis Bacon. Por el contrario la carne de Esther se percibe como única. Dans ma peau es en el fondo la narración del enamoramiento de su protagonista con su propia carne. Por eso su correspondiente orgía no es un ménage à trois sino el momento solitario y totalizador en el que Esther se devora a sí misma masticándose con deleite. Brandon se confunde en la carne, Esther la consume. Huidas hacia adelante que les alejan de los requerimientos de la vida cotidiana, de las exigencias de una existencia «normal».

Shame y Dans ma peau difieren por supuesto en cómo cierran (o no) esta problemática. Pese a la ambigüedad de su final, que es repetición de una escena anterior que sirve para dibujar el estilo de vida de Brandon, este traza un evidente camino de redención que le lleva a aceptar su vergüenza y a tratar de sobreponerse a ella tras la crisis final con su hermana, que hace saltar por los aires la alambicada coexistencia entre represión y placer. Ese moralismo implícito y amateur del film de McQueen, escondido a duras penas, es quizá lo más reprochable de la película. De Van por el contrario, más ambigua y relativista, opta por el círculo que generan los callejones sin salida, por el círculo que en definitiva dibuja toda adicción. Su plano final, en repeat, sirve para delinear un agujero del que Esther no parece que vaya a salir. Ambas películas por tanto terminan con un bucle y un abrupto fundido en negro. Pero lo que sucede en ellas más allá de ese punto no podría ser más distinto.

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Santi Pagés (Madrid, 1976) despliega en Internet una presencia que oscila entre la ficción (Libro de Notas, Ucrónicas) y el análisis cultural en su blog, que mantiene abierto desde hace más de siete años. Y por si esto fuera poco, también está en Twitter.